Soneto CII (102)

Es fuerte mi amor aunque muy débil parezca,
no amo menos, aunque menos pase la función.
Es mercancía ese amor cuya rica estima
la lengua del dueño pregona el largo día.
.
Cuando nuestro amor fue nuevo, en su primavera,
acostumbraba yo a recibirlo con mi madrigal,
como el ruiseñor canta al inicio del verano
y al madurar los días cesa de cantar.
.
No es que el verano sea ahora menos grato
que cuando sus himnos serenaban la noche,
sino que carga cada rama un canto sin acorde
y, por frecuentes, las dulzuras pierden su deleite.
.
Así como él, yo retengo mi lengua a veces
porque no quisiera que mi canción te moleste.

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Comentario:

De nuevo el dificultoso asunto de los límites, que tratan también 52 y 75. Todo en la naturaleza tiene límites, hasta tus labios escarlata, hasta el buen humor, hasta los grandes imperios.

Recordamos al hombre rico del soneto 52, cuyo tesoro a cada hora no visita para no desgastar la fina punta del goce.

¿Cuándo detenernos? ¿cuándo cerrar la boca? ¿cuándo, cómo y por qué llega ese fatídico momento en que las delicias se cambian por aburrimiento?

Foto Alejandra & Jeka

La historia individual y colectiva de la humanidad parece mostrar que no es tarea fácil. En parte, con estas ideas tratamos en este texto.

Por otro lado, Ovidio, en sus Metamorfosis VI, nos relata la muy terrible historia de Filomena. Shakespeare se sirve del nombre, no de la historia.

El ruiseñor aparentemente canta intensamente al recibir el verano, y luego, mientras se acerca la estación a su fin, lo hace menos cada vez. Entonces muchas otras variedades de pájaros cantan su melodía, inferior, cuando el ruiseñor calla. El ruiseñor sí parece conocer su límite, y así, su dulzura no cansa, por infrecuente. Nada es tan hermoso que no se agote en sí mismo, sí desconoce sus límites.

Katherine Hepburn by Richard Avedon
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