Soneto XXXVI (36)

Déjame confesar que nosotros dos somos dos
Si bien nuestro amor indiviso es uno,
De suerte que esas manchas que en mí ves,
Sin tu graciosa ayuda, las admita yo solo.
.
En nuestros dos amores hay solo un tema
Aunque en nuestras vidas haya un despecho,
El cual, aunque no altera del amor su puro efecto
Aun dulces horas a sus delicias sí le roba.
.
Ya no podré reconocerte por temor
A que mi lamentable culpa te avergüence,
Ni tú podrás con atenciones públicas honrarme
A menos que ese honor lo tomes de tu nombre.
.
Pero no lo hagas así, te amo de tal suerte,
Que siendo tú mío, mío es tu buen reporte.

COMENTARIO:
Recuperemos el asunto de los tres sonetos anteriores: El joven ha posiblemente cometido pecado de carne. Es él quien engañó, quien está manchado por la culpa. Siendo el poeta la víctima. 
El soneto 36 es de los llamados sonetos de separación. Tiene dos lecturas (al menos) opuestas entre sí:
(a) Habla el poeta al joven y asume las manchas de su culpa. Quien se haya divorciado o, en todo caso, separado de quien estuvo muy unido, encontrará aquí el desastroso clima psicológico de la separación. El sacrificio que supone el pareado final podría ser irónico o no. Para nosotros, no lo es. 
(b) Habla el joven al poeta y hace su propia apología, solo que la escribe el poeta actuando como abogado contra sí mismo (ver S. 35) El pecado y las manchas serían de quien pecó, el joven, y se quedan en la habitación donde se cometió el pecado en lugar de ser transferidas a la víctima, lo cual hace pleno sentido. La dificultad estaría en el trato reciproco público que plantea el tercer cuarteto, porque siendo el joven un noble, esta relación solo tenía un sentido: desde arriba hacia abajo. Sin embargo, si uno imagina el tercer cuarteto como un intercambio privado, entonces sí es perfectamente posible, nos parece. El poema habría sido diseñado en honor del joven aristócrata, como era usual entonces. Esta perspectiva agrega picante y hasta un cínico humor al pareado final.
 El pareado final de este 36, se repite palabra por palabra en el soneto 96, en un contexto, distancia, tiempo y clima completamente diferentes. Es como si con este juego, el maestro quiere mostrarnos cómo lo mismo es a la vez otra cosa: es y no es. Montaigne comenta de pasada en uno de sus ensayos que nada es tan cierto que no pueda a la vez parecer falso, y la inversa.
 
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