Soneto XXXIV (34)

¿Por qué me prometes un día hermoso
y me haces viajar sin manto al sereno,
y dejas que nubes bajas asalten mi camino
escondiendo tus rayos tras este humo ciego?
.
No me basta que de entre ellas irrumpas
a secar mi rostro azotado por la lluvia,
pues no hay hombre que hablar bien pueda
de un bien que no sana la desgracia, solo la herida.
.
No puede tu vergüenza curar mi pena;
Aunque te arrepientas, se mantiene la pérdida.
El tormento del que ofende presta poco alivio
a aquel que carga la cruz del castigo.
.
Pero esas lagrimas que tu amor dispensa
son ricas perlas y redimen toda ofensa.

Comentario:
El 34 enlaza con el anterior y el siguiente. La metáfora con el sol y el amigo continua. Promete un día hermoso y luego no aparece, dejándonos al sereno, que nos daña y, ese daño, no mejora con el arrepentimiento del que ofende: está hecho. A pesar de todo esas lagrimas son perlas que tu amor dispensa. Aun no está clara la naturaleza de la falta.
En este soneto hay un algo sencillo y profundamente insatisfecho que conmueve, que lo hace un favorito. El segundo y el tercer cuarteto se encargan de esa tarea: 
“pues no hay hombre que pueda hablar bien de un bien
que sana la herida y a la desgracia no enfada.” 
y remata:
“El tormento del que ofende presta poco alivio
a aquel que carga la cruz del castigo.”
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