Soneto XXXII (32)

Si sobrevives al dichoso día
cuando mi hueso cubra la nada vacía,
y por fortuna una vez más regreses
a las rudas líneas del amante que no está,
.
Compáralas con las mejores de aquellos días
y aunque las aventajen otras plumas
resérvalas para ti, amor, no por su rima,
por la talla de hombres más felices excedida.
.
¡Helás! Dedícame a mí solo este pensamiento:
«La musa de mi amigo, si creciera ahora,
daría hijos más preciosos que estos,
y marcharía mejor equipado y parejo.
.
Pero ya que murió, y mejores poetas hubo,
en ellos leeré su estilo, su amor en el mío».

Comentario:
El poeta, con sospechosa modestia, observa su propia decadencia y piensa que vendrán mejores plumas que la suya. Pide ser recordado más por el amor que profesó, que por su modesta rima. Es dudosa la modestia (como en 26) porque se siente que el soneto afirma, vestido con humor a la inversa, lo contrario: su pluma vuela alto y permanecerá, no tiene que esconder la cabeza.
Un abre boca al ciclo de los poetas rivales (79 – 86) y final de los océanos de (relativa) tranquilidad (20 – 32)
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