Soneto XXIX (29)

Cuando en desgracia con la fortuna
Y ante los ojos de otros contemplo mi exilio y lloro,
Y turbo al cielo indiferente con gritos sin destino
Y me miro a mí mismo y maldigo mi sino,
.
Deseo para mí ser uno en esperanza rico:
Como ese, dotado, como este, con amigos;
Deseando de un hombre su arte, del otro el rango,
Con lo cual suelo alegrarme algo.
.
Cuando con estos pensamientos casi me desprecio
Por suerte pienso en ti y entonces mi alma,
Como la alondra al romper el día, de la morosa
Tierra irrumpe y canta a las puertas del cielo.
.
Y tal riqueza me trae tu dulce amor así recordado
Que, entonces, declino cambiar con reyes mi estado.

Comentario:
Los dos primeros cuartetos de este soneto expresan una tal decepción y despecho hacia el propio destino, hacia la propia suerte en la propia vida, una tal melancolía y dolor, que se ha buscado una posible conexión con la vida real del autor. Algún rasgo autobiográfico que explique cómo la pluma del hombre que escribe accede a ese infierno.
Como todos, el maestro habrá tenido sus momentos bajos, o muy bajos, pero no ha sido posible identificar ningún evento como causa de ese descalabro emocional.
Harold Bloom afirma que estamos ante la invención de lo humano. Difícil encontrar una emoción cuyo examen no haya sido practicado con precisa perfección por el maestro. En Shakespeare los caracteres se desarrollan camino a su individuación, creando voces extremadamente diferentes, aunque coherentes consigo mismas. Más de cien personajes principales, varias centenas de secundarios. Nítidos psicológicamente. La explicación está en el genio, parece.
Solo resta leer y releer este soneto XXIX y dejarse sorprender por su profundidad psicológica. El solo pensamiento de ti en el tercer cuarteto me hace regresar del infierno, y ni el estado de un rey me supera, cuando en el segundo cuarteto se habría cambiado por un otro mortal cualquiera, sea el que fuera. El humor y la inteligencia van magníficamente de la mano en el maestro. 
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