Soneto CXXXIV (134)

Ahora que he confesado que él es tuyo
Y yo mismo a tu deseo hipotecado,
Yo mismo seré garantía, para que al otro mío
Tú liberes y pueda regresar a mi lado.
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Pero ni tú quieres, ni él quiere ser libre,
Porque tú eres codiciosa y él bueno.
Él suscribió por mí como fiador
Ese contrato que lo obliga firmemente.
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Por la ley de tu belleza tú exigirás;
Tú, usurera, que de todo retiras ganancia,
Y demandas a un amigo, ahora deudor por mi causa;
Así lo pierdo a él por mi abuso descortés.
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Tú a ambos tienes, yo a él pierdo.
Él paga por todo, y aun yo preso.

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Soneto CXXXIII (133)

¡Maldigo el corazón que al mío hace sufrir
por esa herida que deja en mí y en mi amigo!
Pues siendo insuficiente torturarme solo a mí,
ahora esclavo de la esclavitud es el mío.
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A mí de mí mismo tu cruel ojo me ha robado
y al más cercano a mí también has tomado.
Así, de él, de mí mismo, y de ti quedo abandonado,
y el mundo en un triple tormento trasformado.
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Encarcela mi corazón en tu pecho de acero;
Sea él rehén del de mi amigo.
Quien sea me posea, lo deje ser guardián;
No puedas tú usar en mí el rigor de tu mirar.
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Pero sé que lo harás; pues en ti encerrado
por fuerza soy tuyo: yo, él y todo lo mío.

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Soneto CXXXII (132)

Amo tus ojos, y ellos, apiadándose de mí,
Sabiendo que tu corazón me daña con desdén
Se han puesto de negro, y viudas amantes
Son que miran con apuro mi dolor.
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Y, en verdad, que ni el sol de la mañana
Viene mejor a las grises mejillas del oriente;
Ni aquella completa estrella que guía la tarde
Dona la mitad de gloria al templado occidente,
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Como esos dos ojos negros convierten tu rostro;
¡Oh! deja que parezca bien también a tu corazón
Penar por mí, porque la pena te hace bella,
Y viste con tu penar cada parte de ti.
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Entonces juraré que la Belleza, ella, es negra,
Y feo todo aquello que de tu apariencia se aleja.

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Soneto CXXXI (131)

Eres así, tiránica; es así como eres.
Como aquella cuya belleza la hace cruel,
Pues sabe bien que para este corazón
Es la más justa y preciosa de las joyas.
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Algunos, de buena fe, dicen que tu rostro
No es poder que obligue al amor a penar;
Que se equivocan no seré tan audaz de afirmar
Aunque lo jure a solas conmigo.
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Y, para estar seguro de que no es falso lo que juro,
Unos mil suspiros solo pensando en tu rostro,
Uno a otro encadenado, son cabal testimonio
De que tu negro es lo más justo para mi juicio.
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En nada eres negra, salvo en tus maneras,
Y es de aquí, pienso, de donde procede esta idea.

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Soneto CXXX (130)

Los ojos de mi amada en nada son como el sol
El rojo coral muy lejos está del rojo de sus labios
Si sus pechos son morenos, ¿por qué la nieve es blanca?
Si hilo son los cabellos, de su cabeza crece hilo negro.
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Rosas damasco he visto, rojas y blancas,
Pero tales rosas en su mejilla no veo.
Y en algunos perfumes hay más encanto
Que en el aliento que desde mi amada siento.
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Amo escuchar su habla aunque bien sé
Que el sonido de la música es aun más grato;
Juro que nunca vi una diosa pasar,
Mi amada, cuando camina, pisa la tierra.
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Y aun así, por el cielo, tan superior es mi amor
Que se niega a toda falsa comparación.

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En este texto, siguiendo la línea de pensamiento del soneto 84 y en contra de varios cientos de años de tradición, Shakespeare decide decir la verdad: ni tus ojos son soles, ni tu pecho es nácar, ni tu voz, que me encanta, es música. Queda así el objeto de nuestro amor despojado, por un instante, de siglos de adornos: una hermosa mujer de carne y de huesos.
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El amor que crea su propia realidad, supera en su creación a la Creación, y no acepta comparaciones.
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Soneto CXXIX (129)

Exceso del espíritu en un mar de vergüenza
es la lujuria en acción. Cuando a punto de gustarse,
la lujuria es perversa, sangrienta, llena de culpa,
salvaje, ruda, cruel, traicionera, nefasta, extrema;
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Apenas gustada, despreciada.
Contra la razón perseguida y, apenas lograda,
sin razón arrojada como estímulo cumplido.
Puesta adrede para enloquecer a la víctima:
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Locura perseguirla, locura poseerla;
Tenida, teniéndola, y a punto de tener, extrema;
Éxtasis al probarla, probada, amargura;
Sueño que antes fue tentación pura.
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Todo esto el mundo bien lo sabe; pero nadie sabe bien
evitar ese cielo que al hombre lleva a este infierno.

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Comentario:
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Tal como queda en este soneto descrita, la “lujuria en acción” sería una emoción extrema, frente a la cual sufrimos antes, sufrimos después, y, en el curso y siempre, se enloquece. Siempre, en los tres momentos, en el abismo. Bajo su dominio no somos humanos civilizados, somos lo otro que somos. Algo muy oscuro.

Cada quien, (respondiendo a su propia suma de experiencias particulares y a su personal equipaje de subjetividades), llegue a sus propias conclusiones. Pero, no importan las conclusiones, en todos los casos la lujuria en acción, una vez presente, nos someterá y llevará por su peligroso camino. Es lo que nos dice este soneto.
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Soneto CXXVIII (128)

Cuando tú, música mía, música tocas,
de un sagrado instrumento que suena
cuando tus dulces dedos arrancan
el suave acorde que a mi oído llega,
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¡Cómo envidio esas teclas, esos ágiles saltos
que besan lo escondido de tu mano,
al tiempo que mis labios que ansían
esa cosecha, ante tal audacia se sonrojan!
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Por ser así acariciados, cambiarían su estado
y situación con esas teclas que bailan,
sobre las que tus dedos se pasean haciendo
a la madera muerta más amada que a labios vivos.
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Y ya que las frías teclas son felices con eso
da a ellas tus dedos, a mí tus labios que beso.

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Soneto CXXVII (127)

En el pasado lo negro no contaba como bello
o, si lo era, no llevaba como nombre belleza,
pero hoy es el negro sin cesar de lo bello heredero
y a la belleza insulta con bastarda vergüenza.
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Porque desde que cualquiera usa el poder de Natura
y hermosea lo vil prestándole cara y falso arte,
la belleza no tiene nombre ni hora sagrada,
sino que vive profanada, en desgracia perenne.
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Así, los ojos de mi amada son alas de cuervo,
y sus ojos combinan y lastimosos semejan
a quien no naciendo bella, belleza no le falta,
insultando a la creación con falsa apariencia.
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Pero es tal el lamento que viene de su pena,
que las lenguas dicen que así es la belleza.

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Comentario:
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Con el soneto 127 inicia el ciclo de textos dedicados a la Dama Oscura. Se extiende hasta el 152. A partir de ahora se producirá un cambio importante de tono con respecto al ciclo dedicado al joven amigo (1-125, el 126 se considera de transición)
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Si buscamos poemas en donde se respire amor puro y eterno, o una reflexión sobre el trabajo del anciano tiempo y las posibilidades de la literatura para vencerlo, entonces los encontraremos abundantes en los primeros 125 sonetos.
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Pero, si queremos bajar al fondo de una relación enferma, marcada por la lujuria, la infidelidad y el desdén en sus variados grados como arma de manipulación, entonces hay que dirigirse a los sonetos de la Dama Oscura. El velado ejercicio psicológico del poder, el dominio y la sumisión en la pareja es el tema de este ciclo.
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Imaginamos a la dama oscura como una bella mujer de cabello negro, pero pensamos que son las sombras que habitan su alma y las almas de los dos amigos, las que hacen oscuro este ciclo.

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Soneto CXXVI (126)

Oh tú, adorable niño, que en su poder atesora
El tramposo espejo del tiempo y su hoz, la hora,
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Tú que, declinando, aumentas, que has visto blanquear
A tus amantes mientras ellos a ti te ven prosperar.
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Si Natura, soberana y concubina de la ruina,
Mientras tú pasas trata de tirar de ti hacia atrás,
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Lo hace por esto: para robar crédito al tiempo
Y matar al miserable minuto en el momento.
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Aunque seas el favorito de su placer, teme,
Porque Ella no puede guardar el tesoro, solo lo detiene.
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A sus cuentas hay que atender, aun atrasadas,
Y en su resumen de deudas vi que tú estabas.

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COMENTARIO:

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El soneto 126 se compone de 6 pareados que culminan con dos versos (13 y 14) entre paréntesis, intencionalmente vacíos.¿Fueron eliminados por el editor, Thomas Thorpe, porque revelaban la identidad del joven amigo? ¿Otra razón? No lo sabemos.

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El 126 es considerado un soneto de despedida, o de transición, entre el grupo de 125 textos dedicados al amigo, y los próximos sonetos hasta el 152, dedicados a una excitante y misteriosa mujer de alma oscura. Con ella se completa el trío de personajes que habitan esta obra.

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Soneto CXXV (125)

Que se me diera a mí romper el velo,
Con mi rostro honrar lo externo,
O plantar hondas bases para la eternidad
Que prueben ser más cortas que ruinas y restos.
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¿No he visto yo a vecinos de formas y favores
Perder todo y más, pagar alta renta
Por dulzores antes que por simples sabores,
Penosos arribistas, una vez mirados, gastados?
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No, déjame ser galante con tu alma
Y toma mi ofrenda pobre pero libre, de mí,
Que no se mezcla con segundas, sin maña,
Solo entrega mutua: solo yo, por ti.
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Un alma fiel, cuando más acosada,
— ¡Tú lejos, vil espía! —, menos controlada.

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Comentario: Fin del ciclo dedicado al joven amigo.

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