Soneto LXXVII (77)

El espejo te mostrará cómo tu belleza se agota,
tu reloj el precioso minuto malgastado;
La blanca hoja recogerá tu huella
y en este libro sopesar podrás lo que piensas.
.
Los surcos que tu sincero espejo muestra
traerán a tu memoria de las tumbas la boca;
Sabrás cómo por la sombra que el cuadrante roba
el ladrón del tiempo hacia la eternidad progresa.
.
Mira lo que tu mente no logra contener,
confíalo a estas blancas hojas, y verás
a aquellos hijos de tu cerebro antes nacidos
tomar conocimiento nuevo, crecer contigo.
.
Y cuanto más mires a este oficio obtendrás
más provecho, y más riqueza tu libro.

Comentario:
Uno de los sonetos de decadencia (todos múltiplos de 7 o de 9) La desaparición del amor, la partida de las cosas bellas, de la juventud, de la vida, son el tema. Hay sin embargo una opción para enfrentar este curso: escribir. El poema parece ir con un libro de paginas blancas como regalo.
El próximo 22 de abril del calendario gregoriano es un día particular, porque ese día del año 1616 nos dejaron dos gigantes de la humanidad: Don Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Aclaremos que la Inglaterra Isabelina se regia por el calendario juliano, entonces ese 22 de abril equivalía al 3 de mayo. En resumen, murieron ambos maestros el mismo día pero en diferente fecha, según los calendarios que regían a cada uno. La Gloria eterna es de ambos.   

Don Miguel de Cervantes

 

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Soneto LXXVI (76)

¿Por qué mi verso no es fértil para lo nuevo,
tan lejos él de variaciones y de rápidos cambios?
¿Por qué, con los tiempos, no miro de reojo
los nuevos métodos y los compuestos extraños?
.
¿Por qué soy el mismo siempre
y mi invención es una misma flor silvestre,
de modo que cada palabra casi dice mi nombre,
muestra su nacimiento y de donde procede?
.
Es que, mi amor, siempre escribo sobre ti,
y tú y el amor son mi argumento siempre;
Mi mérito es vestir las viejas palabras de estreno
usando de nuevo lo que ya ha sido usado.
.
Porque, así como el sol es a diario nuevo y viejo,
así es mi amor, siempre diciendo lo dicho de nuevo.

Comentario:
Este soneto introduce el ciclo de poemas dedicados a enfrentar el reto de los poetas rivales (76—86, excluyendo 77 & 81) Los números 77 y 81 (9 veces 9) se consideraban números críticos, peligrosos, en la vida de las personas, junto con el 63 (7 veces 9) Los sonetos 63, 77 y 81 tratan con el fin de la vida.
En este soneto hay una referencia fuerte al sello propio y a lo que distingue del resto, y el resto son los rivales. Reinventar el mundo con palabras es el arte del poeta. El maestro nos regala la clave:
Es porque, mi amor, siempre escribo sobre ti,
y tú y el amor son mi argumento siempre;

 

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Soneto LXXV (75)

Para mi pensamiento eres el sustento,
Dulce tiempo de llovizna sobre la tierra;
Y por ti, que eres mi paz, tal lucha sostengo
como la que libra el avaro y su riqueza:
.
Ahora orgulloso de lo que poseo y de pronto
temeroso de que la edad robe mi tesoro;
Ahora feliz de estar a tu lado, a solas,
más tarde ansioso de que mi placer lo vean todos.
.
A ratos pleno de ti, devorada por mí tu imagen,
de repente muerto de hambre por una mirada de tu parte;
Y ni poseo ni persigo otro deleite
salvo el que en ti tengo, o tendría.
.
Así día tras día languidezco y me excedo
O glotón lo devoro todo o de todo carezco.

Comentario:
El poeta está excedido. Fuera de los difíciles limites, permanentemente. O antes o después, no alcanza el equilibrio. No hay paz en ese desierto.
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Soneto LXXIV (74)

Alégrate cuando la cruel sentencia
Sin fianza posible me lleve lejos,
Mi vida algún interés tiene en estas líneas
Que quedarán por siempre para tu recuerdo.
.
Cuando las releas veras otra vez
Justo la parte que fue consagrada a ti;
La tierra va a la tierra, adonde pertenece,
Mi espíritu es tuyo, la mejor parte de mí.
.
Así, no habrás perdido más que los despojos,
La parte del gusano, el cuerpo sin lapso;
La cobarde conquista del cuchillo sobre la víctima,
Lo demasiado vulgar para ser recordado.
.
El valor de aquello, es aquello que contiene,
Y aquello es esto, y esto contigo permanece.

Comentario:
Último de los sonetos de esta serie dedicada a la propia desaparición del poeta. La fórmula para la trascendencia está clara: el poder de la poesía.
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Soneto LXXIII (73)

Ese tiempo del año que ahora ves en mí
Es cuando ocres hojas, o pocas, o ninguna
Cuelgan en las ramas que tiemblan de frío,
Desnudo coro ruinoso donde cantaron pájaros tardíos.
.
Ves en mí la penumbra del día como se ve
Cuando el sol comienza su baño en occidente;
La negra noche entonces, segundo yo del sueño,
Lento lo lleva, lejos, y todo lo deja en sellado reposo.
.
Ves en mí resplandores de un fuego
Que en las cenizas de la juventud miente,
Como se miente sobre el lecho postrero
Consumido por aquello que fue alimento.
.
Esto que ves en mí hará a tu corazón más fuerte
Para amar lo que no tardará en perderse.

Comentario:
Cambio de tono. Aquí sí se siente el peso inevitable de la noche, segundo yo del sueño. El peso es serio. Se ocultó el humor. Amar lo que se sabe pronto se habrá de abandonar nos pone en el limite de la existencia, cuando todo será insuficiente porque es el fin.

El maestro

Soneto LXXIII (73) en versión de Rafael Pombo:

Ves en mí el tiempo en que unas mustias hojas
Cuelgan de pobres ramas tiritantes
Coros ya en ruinas y sin cantos donde antes
Concertaban las aves sus congojas.
.
Ves en mí el triste albor que del profundo
Exhala el sol su póstumo destello
Cuando empuñando de la muerte el sello
La negra noche paraliza el mundo.
.
Ves en mí el fuego pálido que yace
Sobre mi juventud hecha cenizas
Que ansia morir al sol de donde nace
Al amado calor de su nodriza.
.
Y esto que hoy ves se apiada más del hombre
Que en breve es solo una memoria, un nombre.

 

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Soneto LXXII (72)

No sea que el mundo se empeñe en preguntarte
por los méritos que me habitaban y que tú amaste,
querido amor, a mi partida olvídame del todo,
pues nada en mí encontrarás valioso;
.
A menos que esgrimas alguna piadosa mentira
que haga más por mí que mi propio desierto,
y agregue sobre mi memoria más elogios
que los que la tacaña verdad concedería.
.
O para que tu amor verdadero no parezca falso
cuando por amor a mi corrompas la verdad,
entierra mi nombre con mi cuerpo en el acto
y que más no viva yo, para vergüenza de ambos.
.
Pues me avergüenzo de lo que he traído conmigo,
como tú deberías, por amar cosas sin sentido.

Comentario:
Continúa el tono del soneto 71. Continúa la petición de algo que no puedes hacer sino desobedeciendo. Continúa la ironía y el humor en medio de la perfección. 

 

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Soneto LXXI (71)

Que tu lamento por mi partida no exceda
el largo del sonido del bronce en tu oído,
anunciando de este vil mundo mi huida
hacia el mundo del gusano envilecido.
.
Ni recuerdes si recorres estas líneas 
la mano que las escribió, porque te amo
y de tus amables pensamientos huiría
si a tu alma pena causara mi recuerdo.
.
O si, —digo yo—, miras estos versos
cuando bajo tierra duerman mis huesos 
ni siquiera repitas mi pobre nombre,
solo deja que tu amor, con mi vida, decline, 
.
No sea que el sabiondo mundo, si tu pena ve, 
se burle de ti cuando yo no esté. 

Comentario 71:
Con fina ironía se teje el humor. Así al parecer tejió el maestro este soneto, porque, ¿cómo leer un poema que te pide que olvides a quien lo escribió? Es una contradicción esencial que recuerda esos juegos del lenguaje que llevan a sin sentidos lógicos. Es un juego. La risa aparece en el pareado final, pero ya se siente desde los dos versos iniciales, que piden no me llores más largo que el largo del sonido de las campanas de ese día. El poeta ríe de (o con) la Muerte, personificada ella también, porque del 71 al 74 el maestro trata con su propia muerte.
En aquellos tiempos las campanas tañían una vez por cada año vivido, para personas importantes. Para los reyes una vez por cada año de reinado. 

 

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Soneto LXX (70)

Que las lenguas te culpen no es tu defecto,
Es la flaca envidia que intenta manchar lo bello;
La sospecha adorna la belleza como cuervo
Y con un susurro ensucia el dulce aire del cielo.
.
Así, tú sé bueno, que la envidia prueba solo
tu valor, mayor cuando lo pretende el tiempo,
pues prefiere el vicioso gusano el botón más dulce
y tú has sido impecable primavera siempre.
.
Pasaste la emboscada de la juventud
Con la victoria de tu lado y sin ser plaza tomada,
Aun así estos elogios no podrán sin decrecer elogiarte,
Detener la envidia, cada vez más grande.
.
Si la tóxica duda no intentara velar tu figura,
solo de corazones sería tu hermosa monarquía.

Comentario:

La Envidia es una especie de repugnante bestia que conspira contra todo lo bello, viene a velar lo que encanta. Ninguna batalla la acaba. Es la que apenas puede contener las lagrimas al no distinguir nada que merezca llantos, ver Ovidio, Las Metamorfosis, III, 752—832

Afirmar que la sospecha (v. 3) adorna la belleza resulta extraño, sino irónico, pues un adorno sirve para intensificar lo bello y la sospecha mancha. Por otro lado, dudosa seria una belleza que no despertara envidia y, mas temprano que tarde, malintencionadas sospechas, de modo que ambas serian (sospecha y belleza) inseparables compañeras. La envidia solo prueba el valor de la belleza (v. 5—6)

 

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Soneto LXIX (69)

Aquellas partes de ti que ve el ojo del mundo
en nada quieren que el corazón las mejore.
Todas las lenguas, voces de las almas, lo dicen,
pues es verdad pura que hasta el rival admite:
.
A tu exterior, admiración exterior lo corona;
Pero esas mismas lenguas que te dan lo que es tuyo,
con otro tono confunden el elogio, viendo
más allá de lo que se ha mostrado al ojo.
.
Miran en la belleza de tu alma
y conjeturan que se mide por tus maneras;
Entonces (rudos) sus pensamientos, aunque sus ojos agraden,
a tu flor añaden de las hierbas lo que apesta.
.
¿Pero, por qué tu olor no iguala a lo que muestras?
Porque compartes igual suelo con otras, es la respuesta.

Comentario:
Dejamos el tono servil y adulante previo. La belleza, que es lo que se muestra, esconde una condición moral interna que es superior, y los que la admiran se confunden. Nada es lo que parece superficialmente. El pareado final parece apuntar a una especie de “contaminación” que insufla un  mundo cuya imperfección quedó bien inventariada en los sonetos anteriores. 

 

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Soneto LXVIII (68)

Su mejilla es el mapa de aquellos días
cuando la belleza vivió y murió como ahora las flores,
antes de que nacieran estos signos de bastardía
que se atreven a ocupar la tibia frente de los de ahora,
.
Antes que las trenzas doradas de los muertos,
derecho de los sepulcros, fueran cortadas,
para vivir en segunda cabeza una segunda vida,
en donde hacen la alegría de otros, engañadas.
.
En él se ven esas horas antiguas y sagradas 
sin ornamento, tal cual, verdaderas,
sin hacer veranos con verdes de otros,
ni robar de lo viejo para vestir lo nuevo.
.
Y a él Natura lo guarda como a un modelo
para mostrar al falso arte lo que fue bello.

 
Robert Devereux, segundo conde de Essex, por Marcus Gheeraerts el Joven
Comentario:
Este y el anterior son sonetos indivisibles e inolvidables.
Los cosméticos embellecen artificialmente, sin embargo, si no tratamos con lo que es superficial, ¿qué nos queda para tratar? ¿existe algo que no sea superficial, que no sea imagen, no mas que representación?
Dependiendo de cómo se tome, hay algo que puede resultar decepcionante en este asunto. Más allá del tema de la belleza superficial, que es cosmético, ¿está el ser humano facultado para tratar con la esencia de las cosas, que sería lo no-cosmético? Son preguntas que subyacen en este ciclo de los sonetos.
Adicionalmente, en este soneto hay una crítica a lo que era usual bajo el reino de Elizabeth y su entorno (cortar y preparar las trenzas de los muertos para adornar las propias cabezas vivas), y la cercanía del maestro a estos círculos podía suponer riesgos. La primera edición de estos sonetos apareció en 1609, cinco años después de la muerte de la reina. En aquel tiempo la censura era más bien generosa, pues se castigaba a los autores después de publicar y no antes. Es decir, lograban publicar. 
Es posible que estos sonetos fuesen escritos en 1603, bajo el reinado de James I, en cuyo caso los tiempos de oro serían los de Elizabeth, y no otros. O los malos tiempos serían los que corresponden a la rebelión de Essex y a su caída y encarcelamiento, si fueron escritos en vida de la reina. El Conde de Essex era querido por el pueblo llano, Southampton muy cercano a Essex y, se sospecha, Southampton era el joven aristócrata a quien se dedican la mayor parte de los sonetos de 1609.
Está, además, aquella desafortunada entrada del Conde de Essex a la cámara de la reina, mientras su majestad era vestida por sus doncellas, y sus demasiado canos cabellos se mostraban en privado a quienes estaban autorizadas a estar presentes. Essex fue decapitado a los 33, Elizabeth tenía 67 años, edad en la que se precisa echar mano a todos los trucos de belleza que critica el maestro en estos sonetos. Aquí todo conspira para hablarnos de malos tiempos.
En ocasiones se sugiere que la reina era descaradamente manipulada por los Cecil (padre e hijo), sin embargo, probablemente no lo era más que lo que ella misma decidía serlo. Vayamos por partes: ¿qué hombre o mujer de poder no es manipulado mucho o poco por alguno o muchos? Pensamos que es muy ingenuo responder a esta pregunta: —ninguno, pues todos lo son. Es inherente al poder, no necesariamente un déficit del individuo.
William Cecil había acompañado a la reina por varias décadas, asistiéndole en asuntos de estado; era sin duda un hombre confiable para ella. Esto dicho, debe añadirse que era un hombre brillante, con enorme poder político y que, por principio religioso, odiaba el teatro y las letras en general. Su hijo Robert no parece haberse quedado atrás. La reina, al contrario, amaba el teatro y la poesía. 
Sea este argumento a favor de la inteligencia estratégica de una reina a quien un Rey de España, cuatro reyes franceses y ocho Papas, cada quien en su propio turno, adversó. Y esto sin contar los conflictos de intereses con personajes internos al reino.
En fin, hay belleza en la suma de todos estos eventos, en perspectiva. La belleza que la irrepetible concurrencia de los tantos cursos de acción, una vez consumados, agrega, y que ahora se muestra ahí parcialmente, para nuestro deleite. Herodoto, Plutarco y Montaigne, sonríen.
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